EL Observador

16:01 hrs. Martes 11 de diciembre de 2012 Alfonso Salinas Martínez

El gran basurero

Alfonso Salinas Martínez / Ingeniero Civil Industrial Ph.D., University of Cambridge

Décadas atrás, el desarrollo solía confundirse con malls, grandes autopistas y cosas por el estilo. Hoy todo eso suena muy anticuado. Post globalización y economía de mercado sentimos, con provinciano orgullo, que no tenemos nada que envidiar los bienes (y males) presentes en el primer mundo. Los mismos bancos, ropa, carreteras, música, etc.

¿Qué es lo que caracteriza hoy entonces al desarrollo que no tenemos? Evidentemente tenemos menos plata y peormente distribuida. Pero a mi juicio, más allá de la riqueza económica, es un asunto cultural lo que hace notar el subdesarrollo, particularmente asociado a ese despreciado concepto de educación cívica. Las historias de progreso ya no son de zapatillas de marca o parques de entretenciones, son de gente que maneja ordenadamente en sus pistas, saca el periódico y deja las monedas que cuesta, y sobre todo, bajo ninguna circunstancia concebirían botar un papel a la calle.

En particular, donde no se puede rebatir nuestro subdesarrollo, es en nuestra vergonzosa manera de concebir la naturaleza y el espacio público como un gran basurero. Por donde uno vaya, playas, cerros, calles, plazas, sin distinción de clases, no trepidamos un instante en deshacernos de nuestros desechos. Colillas de cigarro, botellas, papeles, plásticos, todo va al suelo, no importa que estemos en la Plaza de Armas, la punta del cerro o un río. Miles, quizás millones de toneladas, aumentando sostenidamente se siguen acumulando por doquier.

No sería tan difícil ejecutar un esfuerzo social, público-privado, para cambiar, en unos cuantos años de trabajo bien hecho, esos hábitos tercermundistas. Si la publicidad logra convencernos cómo debemos vestirnos, qué debemos beber, etc. con la certeza de dogmas irrefutables (aunque en un par de años los cambie totalmente) podríamos lograr que sea mal visto botar basura a la calle o al medioambiente. Bastaría emplear una pequeña fracción de lo que gastamos para intentar mejorar los resultados educacionales de nuestros jóvenes. Hay varios ejemplos de campañas exitosas (uso del cinturón de seguridad, por ejemplo), en que se ha logrado, con una mezcla de difusión masiva y garrote, en poco tiempo, cambiar hábitos arraigados.

Pareciera que la visión implícita que tenemos, es que este tipo de cambios culturales son producto del desarrollo. Habría que esperar a alcanzar el PIB per cápita de los países ricos para que nuestros hábitos cívicos sean los de ellos. Sospecho lo contrario. Creo que una persona que tiene la conciencia de respetar su entorno, es una persona más atenta, más despierta, y por ende también mejor preparada para aprender, más productiva. Mientras nos decidimos a tratar de educar cívicamente a nuestra población, algunos seguiremos lamentando cómo nuestro entorno sigue convirtiéndose en un gran basural.



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