EL Observador

10:12 hrs. Martes 09 de mayo de 2017 Roberto Silva Bijit

El valor comercial de las orillas de nuestros caminos

Una visión moderna del desarrollo, apoya a los que venden a la orilla del camino, porque ellos representan los productos típicos de cada zona.

Si uno viaja al sur, puede ir recorriendo una verdadera geografía culinaria y artesanal, parando en distintos locales instalados a la orilla de la carretera. Grandes restaurantes, bodegas de vino, vendedores de plantas, frutos y árboles. Longanizas y escobas, cerámica y empanadas, queso y pan. Todo lo que la gente produce va a los kioscos de la orilla. Uno siente que va atravesando el país, por el medio de su gente y sus productos.

Con las nuevas carreteras la orilla del camino quedó en el camino local o secundario, al que hay que entrar para encontrarse con todo tipo de negocios. Es la nueva forma del progreso y de las vías concesionadas, que nos ofrecen otros tipo de caminos, más seguros y limpios que los de antes, más eficientes y mejor pavimentados, donde nosotros y el Estado pagamos para que nos den un buen servicio.

Antes Vialidad ponía muchos problemas para los emprendimientos comerciales a ambas orillas del camino. Recordamos las disputas de los organizados floristas de Hijuelas, que agrupados y muy antiguos en su rubro, defendieron la conformación de un sector para la venta de flores y hasta de fruta y muebles. Quedaron bien instalados, con vías despejadas, al menos para los que van desde La Calera a Santiago. Igual situación vivieron los fruteros del valle de Aconcagua y los dulceros del camino a La Ligua, que hoy tienen un espacio especial para ellos al borde de la carretera, -en el sector Pullally- construido por la propia concesionaria para resolver las diferencias. Lo mismo pasó con los puestos que venden pescado entre Pichicuy y Los Molles, que al final nadie los tocó, salvando de esa forma un especial trabajo para vender productos del mar a los automovilistas.

Entendemos que el estacionamiento de los clientes en la misma berma del camino puede resultar peligroso, pero habrá que buscar formulas para proteger esta forma de actividad comercial que tiene algo de turística y que tanto promueve nuestra identidad.

Habrá que arreglar la forma en que los vendedores de frutas, especialmente paltas, se quedan a la orilla del camino y nos siguen ofreciendo lo mejor de nuestra tierra. Sacarlos sería cambiar el paisaje de esa carretera, además de dañar económicamente a muchas familias.

En conjunto con Vialidad, los municipios que correspondan y los interesados, debieran buscar la salida a este problema, para que detenerse no sea un peligro para nadie, sino una opción para desarrollarnos comercialmente.

He recorrido los más diversos caminos de Chile, de cuatro pistas y con barandas de fierro, hasta rutas polvorientas, en rincones perdidos de la Patria. En todas partes me he encontrado con personas que venden a la orilla de la vía, que han levantado sus pequeñas casuchas o montado algún negocio más estable, para poder trabajar vendiendo lo que producen. En muchos casos se trata de los mismos productores, en otros, muy pocos, de vendedores de lo que otros producen. Como quiera que sea, no podemos perdernos la orilla de los caminos para mostrar y vender lo nuestro, especialmente frente a los miles de autos argentinos que pasan frente a nosotros cuatro veces al año, por lo menos.

Cualquier solución que quieran buscar será mejor que dejar nuestros caminos libres de tanto negocio entretenido, de tanto producto típico, de tantas pequeñas empresas independientes que sobreviven sin depender de nadie.

Cuidemos la orilla de nuestros caminos.



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