EL Observador

8:30 hrs. Martes 02 de mayo de 2017 Jimena Améstica Zavala

Cuando las vacas vuelen

Jimena Améstica Zavala / Periodista

Después del derrame de petróleo que sufrió la bahía de Quintero el 2014, el gobierno de Michelle Bachelet se comprometió a ejecutar una serie de medidas de compensación en la comuna.

Entre los proyectos prometidos, se encontraba la incorporación de Quintero al sistema de Transporte Metropolitano de Valparaíso (TMV), iniciativa que permitiría rebajar los costos en los pasajes para los usuarios y mejorar los recorridos y las frecuencias.

Sin duda, este proyecto parecía ser una señal que intentaba romper con el centralismo. Aunque respondía a una medida de emergencia y no a un plan generado desde el gobierno con antelación, venía a solucionar un problema que a diario complicaba la vida de toda una comunidad.

Hoy, y a casi tres años de lo ocurrido, nada ha cambiado. Aún se mantiene la misma línea de buses realizando el mismo el recorrido, con horarios limitados y tarifas que duplican los valores regionales. Todo esto ha despertado la indignación de los vecinos, quienes a diario sufren las consecuencias de un sistema que los sigue manteniendo en lista de espera.

Y esto no sólo se trata de dinero, sino de reconocer la geografía de una ciudad que posee zonas rurales o sectores más alejados del centro. Si bien se han ido adaptando a ciertos factores, estos vecinos se exponen hace años a una práctica que no les ha traído mucha fortuna: "hacer dedo".

A medida que la población fue en ascenso en las afueras de la ciudad, también fue creciendo la cantidad de personas en las orillas de las carreteras pidiendo aventones para llegar a sus casas. Muchos recuerdan aun con tristeza el caso de una estudiante que fue ultrajada por un hombre que se ofreció a llevarla.

Para muchos vecinos, esta situación los determinó a tener una rutina limitada a ciertos horarios, donde no existe la vida nocturna, ni los cafés después del trabajo. Ellos solo viven de día, con la preocupación de no saber cómo volver a sus hogares. Ellos, que no tienen la posibilidad de tener un vehículo particular, son los reales damnificados de un sistema que condena a la espera eterna.

Sin duda esto no se trata de dinero, sino de conocer la vida cotidiana de los quinteranos. De todos los quinteranos. Los del centro, de la costa, de los sectores altos y de las zonas más aisladas. Sabemos que esto sucede en muchos otros pueblos, pero en este caso, se prometió una solución, solución que creó expectativas y que hoy no han sido cumplidas.



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