EL Observador

13:47 hrs. Viernes 27 de enero de 2017 Jimena Améstica Zavala

Como tierra que se esconde bajo la alfombra

Jimena Améstica Zavala / Periodista

Las ciudades suelen reordenarse según avanzan los procesos sociales, los ascensos y las decisiones de unas u otras autoridades y también gracias a alguna opinión de la comunidad que tomó el extraño camino de organizarse y pedir cambios. Me refiero a cambios espaciales, del lugar donde vivimos y donde deberían convivir diferentes realidades, historias de vida, oficios, razas y amores. Pareciera que, idealmente, el curso natural de la vida es volverse cada día más diferente, dejando de lado la mirada homogénea de la reproducción masiva y vivir de acuerdo a nuestras identidades.

Sin embargo, cuando dejamos de mirar desde el ideal, nos encontramos de un pestañazo en un pozo desierto, que sólo muestra las marcas de algo que alguna vez fue fértil. Y es que lejos del ideal, seguimos reproduciendo esquemas de ciudad en base a concepciones importadas de otras realidades. Por ejemplo, si miramos Quintero, podemos ubicar su corazón en lo que alguna vez fue un balneario de ensueño, pero que hoy, con la llegada de la maquinaria industrial, se fue volviendo para la mayoría, una ciudad triste, que perdió el brillo y se quedó con la soledad aplanada en sus callecitas de tierra.

Hoy se habla de traerla de vuelta, de ?recuperar el orgullo? de vivir en ella, cosa que se puede lograr, pero no dejando de lado a quienes la integran. Hace poco se inauguró un nuevo sistema de parquímetros para regular los estacionamientos en el centro de la comuna. Este siempre fue el trabajo de los que deambulan por la ciudad, pero se tercerizó y hoy está a cargo de una empresa. Yo no hablo de dar rienda suelta al mundo, solo por el hecho de tener menos, sino de entender la ciudad y la calle como el único lugar accesible a quienes tienen menos y que la usan tanto para vivir como para morir.

No niego los problemas con la droga o el alcohol. Tampoco los proyectos de la actual administración, como remodelar la antigua Plaza de Armas, pero si en ella duermen personas, deberíamos tener una mirada consciente, pues las personas no son como la tierra que se puede esconder bajo la alfombra. Siempre harán bulto, siempre alguien las notará y se preguntará cuál fue el precio de la modernidad.



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