EL Observador

10:55 hrs. Viernes 09 de diciembre de 2011 Pedro Carreño Alarcón

Hamburguesa School

Pedro Carreño Alarcón / Magister en Planeación y Desarrollo

¿Existen diferencias significativas entre comprar en el supermercado y en el sistema educacional? Hoy las voces del siglo XXI reclaman cambios estructurales, no están conformes con el modelo de educación imperante. ¿Cuál es el origen de este malestar que se expresa hoy con fuerza en nuestras ciudades? ¿Cuáles son los nudos intocables del sistema para los cuales siempre hay una respuesta que no es el momento de cambiar?

Estamos doblando una esquina de la historia, es decir, no vemos con claridad lo que ocurre atrás y tampoco lo que ocurre hacia adelante. Lo que sí está instalado en las demandas de la movilización estudiantil, es la modificación del modelo educacional.

Entre 1980 y 1986, en plena dictadura militar, se traspasan los establecimientos educacionales a los municipios. Además, se crea un sistema de financiamiento bajo la modalidad de subvención por asistencia promedio y se fortalece el sistema particular subvencionado.

En términos simples, se despojó al Estado de su función preferente en educación, privilegiando el acceso de los privados a la enseñanza, sin ninguna exigencia más que poseer una licencia de cuarto medio y cumplir requisitos mínimos de infraestructura.

En el año 1993, bajo los gobiernos de la Concertación se dicta la ley de financiamiento compartido, la cual permite que los sostenedores puedan cobrar a los padres un monto adicional a la subvención, introduciendo en ello una modalidad de segmentación basada en el ingreso de las familias.

La educación superior, pasó de ser gratuita, a un tipo de educación que debía ser financiada por el estudiante-familia.

El principio básico era instalar la privatización absoluta en el sistema, en el cual la municipalización de la enseñanza era solo un paso intermedio.

Los acontecimientos políticos de la época impidieron que este fenómeno se concretara, quedando esta situación en tierra de nadie. La Concertación no cuestionó este modelo y el problema se fue agrandando hasta llegar a la situación actual.

Las recetas del financiamiento en educación provienen en parte de ideólogos y economistas neoliberales contrarios al rol garante del Estado estableciendo la lógica brutal del mercado para regular los derechos sociales como la educación, salud, entre otros.

Bajo la lógica mercantil se generan consecuencias: el que más dinero tiene, paga la mejor educación. Los resultados de las mediciones Simce lo reflejan con claridad. La distribución social del conocimiento es directamente proporcional con la distribución de la riqueza en nuestro país.

El financiamiento compartido instaló una modalidad similar a las ofertas de los supermercados. La competencia entre las escuelas por captar alumnos, es igual a la competencia por captar clientes de las empresas.

La desigualdad de origen, es decir la cuna en la cual naces, determina la desigualdad de las escuelas.

Imaginemos el siguiente ejercicio: distribuya carros de supermercado vacíos según estratos socioeconómicos, permita que se ejecute el principio de igualdad de oportunidades ¿qué ocurre? No todos pueden acceder libremente al supermercado que elijan, tampoco llenar el carro con los productos que necesitan.

En síntesis, esta esquina de la historia nos obliga a repensar las formas, modos y sistemas con los cuales queremos la educación de nuestro país.



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