EL Observador

15:38 hrs. Martes 11 de octubre de 2016 Gustavo Rodríguez Catalán

La peor campaña desde el retorno a la democracia

Sin miedo a equivocarme, me atrevo a decir que ésta ha sido, por lejos, la peor campaña electoral desde el retorno a la democracia. Y las razones son variadas, desde la falta de ideas hasta las restricciones impuestas por la nueva normativa.

En una columna anterior daba cuenta de los escasos requisitos que exige la ley para ser candidato al Concejo Municipal: tener derecho a voto (18 años); saber leer y escribir; vivir en la región donde se ubica la comuna y no tener impedimento legal para postular. Ello ha generado una proliferación de candidatos, comparable con el nacimiento de las setas tras una lluvia intensa. En la mayoría de nuestras comunas bordean los 50 postulantes, para seis cargos de concejal, salvo en Quillota, donde se elegirán ocho.

En este escenario -y con el debido respeto a los buenos candidatos- cualquiera quiere ser concejal. Cumplir los requisitos no es difícil. Pero queda la duda de si todos ellos saben las funciones que deben cumplir en el cargo, más aún cuando en sus carteles se lee que ofrecen más áreas verdes, más trabajo, capacitación, hogares de ancianos y hasta mejorar el uso de las redes sociales.

Un concejal tiene solo dos funciones: normar y fiscalizar. Normar significa analizar y estudiar a conciencia cada una de las ordenanzas, normas, proyectos, presupuestos e iniciativas que son puestas en conocimiento del Concejo Municipal, para luego votarlas a conciencia y éticamente. Fiscalizar, en tanto, es verificar y exigir que el alcalde -y la Municipalidad en general- actúen con probidad y conforme a derecho. Nada más. Obras, proyectos, beneficios sociales ni ningún otro ofertón electoral pasa por la gestión de un concejal.

A ello se suma el desconocimiento que la comunidad tiene de muchos candidatos. Sin ir más lejos, como periodista -lo que supone que soy una persona informada- con suerte conozco al 20% de los postulantes que se presentan en nuestras comunas. "¿Qué tiene que ver?", dirá usted. Básicamente, que quienes optan a un cargo de representación en nuestras comunas deberían tener un trabajo y una trayectoria reconocibles y demostrables, más allá de si militan en un partido, son queridos en su barrio o tienen muchos amigos en Facebook. Y los nombres de quienes trabajan por su comunidad son fácilmente recordables.

Un tercer elemento significativo es la pobreza de ideas y la poca capacidad de generar nuevas propuestas en miras a una candidatura. Todo se queda en eslóganes repetidos, copiados, ya usados, juegos de palabras que deberían ser graciosos, reggaetones a los que se les cambia la letra y otros inventos que tienen poco de publicitarios, poco de creativos y que, en lo personal, jamás me motivarían a levantarme de mi silla el 23 de octubre para ir a sufragar y menos por ese candidato. Cuente cuántas fotos con pulgares levantados hay en los carteles de su sector y cuántas veces se repiten en ellos conceptos como "confianza", "caminar", "vamos", "más", "contigo", "un xxx para..." o "por un xxx mejor".

Finalmente, las restricciones impuestas por el Servicio Electoral a la publicidad de campaña, buscando evitar las vergonzosas compras de conciencia que hemos visto en la "alta política" -además de equiparar un poco la cancha- ha hecho que esta campaña sea pobre en recursos. Aunque, como en todo, hay excepciones donde, principalmente aspirantes a alcalde tapizan sus ciudades con carteles y pareciera que fueran el único candidato en competencia, por su masiva presencia en las calles, en ocasiones incluso vulnerando la normativa por el tipo y ubicación de su propaganda. Veremos después cómo justifican ese millonario gasto.



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