EL Observador

8:20 hrs. Viernes 26 de agosto de 2016 Pedro Pablo Gac Becerra

¿Y los túneles de Quillota?

¿Cómo qué no? ¡Claro que sí! Mi abuelo los descubrió, una arremolinada noche de invierno de 1927, luego de estar bebiendo ron con otros marineros extranjeros en el más famoso bar de la época.

Justo a medianoche llegaron tres baqueanos de Los Andes con cara de pocos amigos. Algo se dijeron al pasar. Él tuvo la brillante idea de hacerle una zancadilla al que iba atrás y se armó la cosa: entre patadas y silletazos logró salir a la calle y lo último que pudo mirar fue cómo un tropel de parroquianos, haciendo causa común con los agredidos, lo seguían con palos y cuchillos.

A punto de atraparlo buscó refugió en el antejardín de una propiedad de calle Merced hasta que se hundió en algo que parecía un sótano o un pozo de paredes recubiertas con cal.

Lo increíble es que, según su descripción, el lugar era amplio y muy bien ventilado. Desde una mirilla aún podía percibir los gritos y las amenazas que proferían sus perseguidores hasta que el silencio y luego la lluvia apagaron toda señal de vida. Caminó durante horas bajo las aceras de la ciudad, atisbó que estaba bajo la plaza y luego cerca de un local de cocheras que daba hacia calle La Concepción. Ahí esperó el amanecer.

Tiempo atrás relaté en tono narrativo mi certeza de que, al igual que en Limache, en nuestra ciudad, por lo menos bajo las arterias centrales, existe una red de pasadizos subterráneos que algún día serán descubiertos. No sería algo tan inusual, muchas ciudades de Europa medieval y casi todas las urbes coloniales de nuestro continente poseían, por decreto imperial, vías de escape naturales o artificiales para que determinados ciudadanos o instituciones preservaran la vida o el patrimonio, en caso de incursiones de corsarios, bárbaros o revolucionarios. Obras de arte, armamentos, cargamentos de metales preciosos o minerales (no olvidemos que en aquella época el salitre era considerado como "oro blanco") bien pueden haber sido las razones de entramados tan complejos, ocultos para las personas comunes y corrientes.

Mi abuelo no debe haber cargado nada más valioso que sus cuentos, por eso que cuando la abuela escuchó su fantástico relato de laberintos misteriosos y huidas milagrosas solo dijo: ¡Duérmete de una vez, a ver si se pasa luego la borrachera!



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