EL Observador

10:39 hrs. Viernes 07 de febrero de 2014 Hugo Quilodrán Jiménez

¡Llegaron los pirulos!

Después de setenta y tantos años sin regresar, Homero y Manolo llegan a Quintero. Estos viejos amigos se han empeñado en ubicar a unas personas muy especiales para ellos. Dateados entran a una fuente de soda en la calle Normandie. El más alto y canchero, se presenta gravemente como inspector de impuestos internos y solicita los libros contables. Mientras el locatario que de malas ganas acude a buscarlos, escucha a sus espaldas el grito: ¡Llegaron Los Pirulos! De ahí en adelante todo se transforma en abrazos, emociones y miles de preguntas.

Los Pirulos eran un grupo de adolescentes quillotanos que durante seis años consecutivos vacacionaron juntos en Loncura, a fines de los treinta. La travesía la hacían a pie y comenzaba en la Quebrada del Ají, luego seguían la huella de antiguos vendedores de pescados, mariscos, cochayuyo y leña hasta llegar a un paso con agua, donde renovaban fuerzas tomando "choca". La medianoche los sorprendía en la cumbre de Chilicauquén y de madrugada, a la altura del puente de cimbra en el estero de Valle Alegre, dormían un par de horas. Pero antes de continuar la travesía, que finalizaba en la caleta, asaltaban un tunar silvestre de la comarca.

Con muy pocos medios, pero mucho ingenio permanecían en la costa, acampando en el bosque de pinos. Diariamente se distribuían las labores y mientras una inmensa tropa de entusiastas "cabros chicos" salía a cazar liebres y traer leña, otros llevaban la ropa sucia a las mujeres de los pescadores y retiraban el pan encargado el día anterior. Desde un principio fueron bien acogidos por los hombres de mar, quienes viendo su organización y buen comportamiento los premiaban obsequiándoles frutos del mar. Esta familiarización trajo consigo el encariñamiento y en los siguientes periodos estivales eran esperados con anhelo. La confianza dio paso a los apodos entre ambas partes y los visitantes recibieron el flamante título de "Los Pirulos", mientras que entre los locales estaba: "El Potota", "El Choquero" y "El Quillota", entre otros.

Con el tiempo, la edad sin responsabilidades se acabó, dejaron de juntarse y se convirtieron en adultos. Sin embargo, toda una comunidad guardó la imagen de esos "pelusas" y siguió esperándolos año tras año.

Aunque solo han regresado dos, de casi una veintena, con ellos han vuelto las noticias de sus actuales vidas. "Los Pirulos" representan la quimera de la libertad, vacaciones sin padres, playa y mar, sin restricciones ni horarios.



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