EL Observador

11:18 hrs. Viernes 20 de diciembre de 2013 Julio Cifuentes Mora

¿Qué es San Luis?

Si crees que San Luis son 11 pelotudos detrás de una pelota, no leas esto. O tal vez sea mejor que lo leas.

San Luis son viajes en bus, más bien en micro; permisos en el colegio porque "El niño tiene que viajar". Nadie explicaba que Concepción, Talca o Chillán no quedaban cerca en esos años, que el viaje era lento porque no sólo importaba el partido, sino también el paseo.

La micro (si había suerte, el bus) salía de Prat con 21 de Mayo. "Luchín informa", rezaba la pizarra escrita con tiza en la esquina, anunciando el horario de salida y el valor del pasaje, semana por medio. Y nos íbamos, con un banderín saliendo por la ventana y dándole dura lucha al viento, para que palo no se quebrara. Era una aventura mantenerlo afuera cuando pasábamos por La Calera. A mí me gustaba el desafío.

San Luis son tardes enteras con mi viejo, con un tema en común de un niño y su padre. Son días solo para los dos, cómplices del ocio deportivo, pretextos para abrazarlo en cada gol, escenarios de diálogos triviales "de hombres". Son trayectos eternos de ida. "Papá, ¿falta mucho para llegar al estadio?", pregunta repetida hasta el cansancio, para él. A esa edad uno tiene la energía para hacer todas las preguntas necesarias, las veces que sea preciso.

San Luis son las señoras de la barra, las que me convidaban tecito y sándwiches en las travesías por el norte o el sur. Yo tenía no más de 13 años y era como el niño encargado, cuando mi viejo no podía acompañarme. Eran largos regresos a casa, tragando el amargo sabor de la derrota. O breves viajes de retorno, reviviendo en la cabeza la jugada previa a cada gol, teñida de la droga del triunfo,

San Luis es la tribuna de cemento de calle Pinto. Yo era el que salía en la tele. En realidad no era yo, un difuso punto en medio de la masa. La estrella era mi bandera gigante, cuando no había banderas gigantes. La mostraban, como una rutina, cada domingo en el Show de Goles.

San Luis es el Guatón Bahamóndez. Si alguna vez hubiera tenido algún talento para el fútbol, me habría esforzado por ser como él. De niño, pateando pelotas contra la pandereta, imaginaba que era Freddy, que jugaba pausadamente, como un artista, que daba el pase preciso, que me fabricaba un tiro libre chocándome un pie contra el otro para fingir una falta del rival. El Guatón era pillo para jugar, no salía del círculo central, se movía poco, pero era el titiritero del Pato Yáñez y del Pindinga Muñoz, el que tejía y movía los hilos de sus piques, el verdadero creador. Siempre cuento que vi al Guatón hacer tres goles olímpicos en un torneo. No sé si es verdad, me basta con que sea una de las verdades de mi infancia.

San Luis es don Polo Silva y sus historias apasionadas sobre esa camiseta amarilla que amó hasta su partida. Horas y horas escuchando épicos relatos de años remotos, imaginándolo en su tienda, en aquellos tiempos de caballeros, manejando el club con soltura, como hizo cada tarea que se propuso.

San Luis es mi amigo Mauro aceptando el desafío de escribirle y cantarle una canción rockera al club. Somos los dos viajando a ver un partido en Los Andes, en Tercera División. Guitarra en mano me dijo que tenía una idea. A la semana siguiente ya había hecho el tema. Fue el mismo que acompañó por largos años la salida del equipo en el antiguo estadio.

San Luis es la causa moral de las provincias, la reivindicación de los humildes; es Quillota y La Cruz; es la igualdad expresada en una sola clase social, la que va al estadio.

San Luis es parte articulante de mi vida, fuente de valores, hoguera de ensueños, fábrica de imposibles.

San Luis no son 11 pelotudos corriendo tras una pelota. Son mis recuerdos anotándole goles al tiempo.



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